Introducción La cría de otros animales para uso y disfrute del animal humano es muy antigua. Se llama domesticación, que consiste en someter la voluntad y dominar la vida de esos animales. Al principio, se les domesticó para comida. Así, entre el año 9000 y 6000 antes de nuestra era se sometieron en Oriente Medio la oveja, la cabra, el cerdo y la vaca. Más adelante se añadieron otros animales, como el burro o el camello, con la finalidad de transportar carga. Después de los mamíferos, vinieron las aves. Durante miles de años, el hombre ha convivido con esos animales en explotaciones relativamente pequeñas. No eran libres y no vivían bien: eran usados, a menudo golpeados, para acabar sus pobres vidas relativamente pronto. No obstante, su situación era casi idílica comparada con la que vendría después: tras la revolución industrial y la aplicación de los métodos de procesamiento en cadena de las fábricas a la cría de animales, sus vidas son literalmente un infierno. Un infierno en que millones de animales, cada año, malviven vidas miserables, en cubículos estrechos e hiperpoblados por otros seres desgraciados como ellos, pálidas sombras de lo que podrían ser, donde se les restringe el movimiento, se les mutila, se les impide realizar actividades propias de su especie y de donde a menudo sólo salen para llenar un camión al máximo de su capacidad, en el viaje angustioso hacia la muerte en cadena del matadero. La industria ganadera tiene demasiadas ramas para concretarlas todas aquí. En general, y obviando la especificidad de cada caso, tanto la industria porcina, la bovina, la ovina y la avícola obran siguiendo patrones similares de sometimiento, destrucción del individuo y muerte, donde se trata a los animales como si fueran minerales, meras máquinas de convertir pienso en carne, donde sin duda la peor parte se la llevan las hembras reproductoras. En aras del mayor beneficio económico se les mutila sin anestesia, con el fin de poder apilar el mayor número de individuos en el menor espacio sin que se ataquen los unos a los otros (no obstante, se atacan). Así, a las gallinas se les cercena el pico —lleno de terminaciones nerviosas— con una cuchilla al rojo, y a los cerdos se les corta el rabo, por ejemplo. Todo ello sin anestesia. Los establos de la ganadería intensiva son campos de concentración de animales, así como los mataderos son factorías de exterminio. Se les niega muchas veces el mero derecho de moverse. Por ejemplo, las cerdas gestantes son encerradas en un aparato metálico llamado con el infausto nombre de un instrumento de tortura medieval: la doncella de hierro. Forzosamente tumbadas, no pueden siquiera cuidar de su prole. Las gallinas carecen de espacio para estirar las alas. El confinamiento, no obstante, no ha logrado borrar su memoria genética, y sustituyen los baños de tierra por un frotamiento doloroso y lacerante contra los alambres de las jaulas. Como resultado, profundas llagas, que llegan a causarles la muerte, van sustituyendo las plumas. Consecuencia de que estos desgraciados animales sean medios para conseguir fines económicos es el hecho de que no se destinen recursos para paliar su sufrimiento. De las explotaciones se recogen diariamente cadáveres de individuos exhaustos y enfermos, a los que se niega un mínimo cuidado veterinario. Cuando esos individuos carecen de valor económico, se les masacra. El ejemplo más notable es el de los pollos macho de gallinas ponedoras, a los que se les tritura para convertirlos en esos "subproductos animales" de que se nutre la industria del pienso. En definitiva, el catálogo de horrores que la ganadería inflige a esos seres sintientes, inteligentes, capaces de sentir y sufrir, es por desgracia demasiado extenso para poder concretarlo en unos párrafos. No hemos hablado, además, de las terribles consecuencias ambientales de la ganadería intensiva, ni de sus perniciosos efectos en la salud humana, de los que destacaremos sólo algunos aspectos. La insistencia en el crecimiento rápido de los animales destinados a consumo humano hace que se les obligue a llevar una dieta antinatural, hipercalórica, basada sobre todo en maíz. El maíz es el cultivo transgénico más común, aparte de la soja, y uno de los pocos plenamente aceptados en la Unión Europea. Su cultivo a gran escala necesita altas dosis de fertilizantes químicos, herbicidas y pesticidas. Hay más. La necesidad tanto de pastos para el ganado como de tierras donde cultivar el grano con que alimentarlo está llevando a la tala indiscriminada del gran pulmón del planeta, la selva amazónica, a la destrucción de las tribus indígenas y a la pérdida irreparable de la biodiversidad. La producción ganadera —y aquí excluimos especies monogástricas como pollos o cerdos— ocupa actualmente el 30% de la superficie terrestre libre de hielo (FAO 2009: 3). Estos datos incluyen el pasto y el cultivo de cereal para pienso. Los expertos de Naciones Unidas consideran, en su informe, que la ganadería tiene una gran influencia en la degradación ambiental, la contaminación atmosférica y del agua. Centrémonos en esta última. El uso creciente y generalizado de fertilizantes químicos y plaguicidas que necesita el cultivo destinado al pienso, así como de antibióticos, hormonas, agentes patógenos y desechos orgánicos de los animales, es uno de los grandes responsables de la contaminación de los acuíferos subterráneos, ríos, lagos y zonas costeras (FAO 2009: ibíd). Tan solo los desechos orgánicos son responsables de la eutrofización del agua por exceso de nutrientes y dan lugar a esas extensiones de agua donde sólo las algas proliferan y los peces desaparecen, comprometiendo la potabilidad del agua, por añadidura (FAO 2009: 76). Hay más aún. El hacinamiento de los animales estabulados hace que cualquier brote vírico se transmita con suma rapidez. Las autoridades sanitarias están esperando hace tiempo una pandemia y los últimos posibles focos, la gripe porcina (luego llamada gripe A) y la gripe aviar, han estado relacionados con las terribles condiciones de los animales de granja. Además de los virus, también son peligrosas las bacterias. El hacinamiento, la falta de higiene, de luz natural y de aire fresco hace que sean comunes en los pollos de granja, por ejemplo, bacterias como Campylobacter, Salmonella o Yersinia (Goodall 2007: 136). La contaminación por Escherichia coli es un peligro constante en los mataderos. Para evitar el desarrollo de enfermedades, a los animales se les da regularmente antibiótico con el pienso. En 1999 se suministraron 4 688 toneladas de antibióticos solo en la UE-15 y solo a las especies consideradas como ganado (FAO 2009: 160). Como consecuencia, la resistencia bacteriana ha aumentado a antibióticos como la tetraciclina, la eritromicina o la ciprofloxacina, que a menudo ya no cumplen su función en muchas personas. Ganadería en España En España la situación de los animales de abasto no es tan idílica como quiere hacernos creer la publicidad. A menudo se nos presenta la vaca en el campo, nunca estabulada, hacinada, cosificada. Tras el infierno de la granja factoría, viene ese otro infierno que es el transporte al matadero, donde en España dos de cada 100 cerdos mueren como consecuencia del estrés, el agotamiento y las precarias condiciones a que se les somete (José Luis Sánchez 2008: 99). En 2004, murieron en los mataderos españoles más de 817 millones de animales (Fuente: Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación). Alternativas Mientras el lector ha leído las líneas que preceden, miles de animales han sido masacrados tras una vida de dolor y privaciones. Este horror a que les estamos sometiendo no es en absoluto necesario. Hace más de 3000 años una corriente de pensamiento, el vegetarianismo, se opone radicalmente a la muerte de animales para alimentación. Esta corriente suele estar enraizada en la reflexión filosófica moral, desde Empédocles y Pitágoras (en Occidente), pasando por los filósofos utilitaristas del s. XIX, como Bentham, hasta nuestros días, con pensadores tan dispares como Peter Singer o Tom Regan, por citar los más conocidos. Es importante, en este contexto, que se incluya una opción vegetariana en los menús de organismos oficiales, como ya sucede en alguna Universidad española y es habitual fuera de nuestras fronteras. Mientras la necesaria sensibilización social llega, se hace urgente la erradicación de prácticas tales como la castración sin anestesia de los cerdos, la cría de terneros anémicos para preservar el color blanco de la carne o la alimentación forzada de los gansos para la producción de foie-gras, ya prohibida en países como Alemania. No se trata de mejorar condiciones inaceptables: se trata de rechazar prácticas aborrecibles, una a una, hasta que llegue el día en que no sea necesario prestar nuestra voz a esos millones de animales que hoy nos necesitan. Henning Steinfeld, Pierre Gerber, Tom Wassenaar, Vincent Castel, Mauricio Rosales y Cees de Haan 2009: La larga sombra del ganado: problemas ambientales y opciones. Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO): Roma. (Citado como FAO 2009). Jane Goodall 2007: Otra manera de vivir. Cuando la comida importa. Con la colaboración de G. McAvoy y G. Hudson. Barcelona: Lumen. Jesús Mosterín 1998: ¡Vivan los animales! Madrid: Debate. José Luis Sánchez 2008: El delito de los no humanos. Madrid: Cultiva Libros. Tom Regan 2006: Jaulas Vacías. Barcelona: Fundación Altarriba. Peter Singer 1999: Liberación Animal. Madrid: Trotta.
La industria ganadera
Consecuencias ambientales y para la salud
Lecturas:






